En ocasiones, encontramos historias en el campo que empiezan mucho antes de la protagonista decida dedicarse a la agricultura.
Es el caso de Herminia Carreño, Minuca, hoy agricultora asociada a AlVelAl que gestiona la finca familiar junto a sus hermanas en Bullas (Murcia). Minuca recuerda que el campo siempre estuvo cerca, además de la finca familiar, su padre era ingeniero agrónomo y ella y sus hermanas crecieron entre visitas a la finca, escuchando conversaciones sobre cosechas y mirando al cielo con la esperanza de que llegara la lluvia.
“La agricultura siempre ha estado en casa”, recuerda; sin embargo, durante mucho tiempo pensó que su camino sería otro. Estudió Biología y orientó su carrera hacia el ámbito ambiental. Le interesaban los ecosistemas, la naturaleza y los paisajes. De hecho, durante años los campos agrícolas no le resultaban especialmente atractivos al ver parcelas desnudas, suelos removidos varias veces al año, tierras completamente limpias de vegetación; “Como bióloga, aquello me parecía poco natural”, afirma.
Sin embargo, el vínculo con la finca familiar seguía ahí, latente. Y con el paso del tiempo, Minuca y sus dos hermanas comenzaron a implicarse en la gestión de las tierras. Ninguna de las tres se dedicaba profesionalmente a la agricultura —habían creado incluso una empresa de diseño— pero el campo seguía formando parte de su vida cotidiana.

Fue entonces cuando decidieron dar un giro a la gestión de la finca y, si iban a hacerse cargo de la finca, querían hacerlo a su manera. El primer paso fue transformarla hacia agricultura ecológica. Más adelante, comenzaron a incorporar prácticas de agricultura regenerativa, centradas en mejorar la salud del suelo. Y es que, durante décadas, el manejo habitual había sido labrar varias veces al año y mantener la tierra completamente limpia.
Ellas empezaron a cambiar esa lógica. Redujeron las labores, incorporaron estiércol como abono orgánico, sembraron cubiertas vegetales y comenzaron a devolver al suelo la materia orgánica de las podas. Cambios que, vistos desde fuera, no siempre resultaban fáciles de entender en un territorio donde el “buen campo” seguía asociándose a parcelas perfectamente limpias, dejar crecer vegetación en el suelo generaba comentarios y miradas de extrañeza. “Muchas veces nos decían: ‘las ecologistas estas…’”, cuenta entre risas.
Pero con el tiempo, las cosas empezaron a cambiar. Las hermanas Carreño se han convertido en inspiración para agricultores observan, preguntan y muestran curiosidad por lo que ocurre en la finca. Y lo que ocurre, sobre todo, está bajo nuestros pies, en el suelo. Después de varios años aplicando estas prácticas, Minuca nota la diferencia cada vez que recorre su finca de almendro. El suelo, antes compacto y duro, se ha vuelto más esponjoso y vivo. “Lo noto cuando lo toco. Cada año está mejor”, añade.
En primavera, además, la finca se transforma. Los almendros en flor conviven con cubiertas vegetales llenas de plantas y flores. Entre los árboles se mueven abejas y abejorros que forman parte del equilibrio natural del lugar. Un paisaje que antes no existía.
Hoy, cuando Herminia observa la finca, la mira de otra manera. “Ves todo lleno de vida y piensas: es una belleza brutal”, apunta. Una belleza que no está solo en el paisaje, sino en algo más profundo: en la sensación de que la tierra vuelve a funcionar como un sistema vivo. Y que, poco a poco, el suelo vuelve a respirar.
